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Noé Toledo-La Retrospectiva de lo Absurdo-10/03/10

EL MEXICO PERENNE

La Retrospectiva de lo Absurdo

Por: Noé Toledo

En fechas recientes, tuve la maravillosa oportunidad de leer un artículo anónimo, que a través de una manufactura y una prosa limpia pero elocuente, llamó por demás mi atención.

El texto en cuestión, que ante cualquier lectura insubstancial parecía ser uno más en una afanosa lista de ficción que hubiera sido hilvanada por una mente del orden de la de Borges, Chesterton o De Quincey, relataba las experiencias supuestamente reales de un científico, que permanecería anónimo hasta el día de hoy por razones que se mostrarán a sí mismas más adelante, y que describían como este personaje al observar ciertos acontecimientos históricos que habían afectado, ya fuera por su fuerza o por su naturaleza a todo el mundo, habían dejado una especie de filigrana indeleble en la memoria histórica del planeta.

De acuerdo al recuento del autor, entre algunos de estos acontecimientos históricos que habían sido analizados se encontraba la caída del Imperio Romano, el descubrimiento de América, el Renacimiento, el primer vuelo de los Hermanos Wright, la Segunda Guerra Mundial, por mencionar algunos.

Después de un minucioso proceso de observación, proceso en el cual el hombre erudito había incluido exhaustivamente distintas variables sociales, políticas, económicas, e incluso, con ayuda de modelos climáticas, variables meteorológicas que habían estado presentes en cada uno de los acaecimientos históricos observados, el personaje en cuestión había descubierto un principio aparentemente iterativo, mismo que se había expresado ante él a través del pulcro y abstracto lenguaje de las matemáticas.

Como con todo buen hombre del saber que se pueda jactar de estar entrenado en la admirable pericia y los rectilíneos vericuetos de la metodología científica, un ondulante “velo” de incredulidad y escepticismo había llegado a cubrir el proceso de observación realizado por el susodicho hombre del saber, así como los resultados obtenidos por el mismo.

Este había sido el principal motivo por el cual este personaje había decidido cotejar con un afán casi fanático las deducciones que habían llegado, insospechadas, hasta él.

Después de un periodo de tiempo desprovisto de segundos, minutos y horas que describieran su pasar, el científico no sólo había encontrado de nueva cuenta los mismos resultados previamente expresados en la pulcritud matemática, sino que además su casi enfermizo escrutinio, le había hecho ver que estos ciclos podían prolongarse y repetirse, bajo ciertas circunstancias y con actores y lugares diferentes, en una línea unidireccional de tiempo.

Baste decir que el hombre de ciencia ahora, además de estar perplejo, tenía un incipiente sentimiento de temor, que como una obscura pero implacable marea, fluía y confluía en su antes educada mente.

Dicho sentimiento, se arriesga a calcular el autor, se debía a que ahora no sólo parecería improbable e incomprensible su afanosa investigación, sino que además él sabía que si no se trataba el resultado adecuadamente, fácilmente podría entrar por la misma puerta cuyo bizarro cartabón permite el acceso a la superchería, la profetización, el augurismo, y en una menor pero aterrante medida, la quiromancia y hasta la lectura del café.

Nuestro acreditado autor cuenta que ante esto, lejos de renunciar o reformular su investigación, el hombre de ciencia se había convertido en un esclavo voluntario de un claustro que existía, como muchas cosas, sólo en su mente.

El anónimo pensador se había recluido en su casa, comiendo cuando su estómago se lo recordaba implacablemente, durmiendo sólo durante breves periodos de tiempo, y sin ningún contacto con el mundo exterior.

Al cabo de otro periodo de tiempo desprovisto de mesura y pormenorización, el científico había llegado a la conclusión de que los sucesos históricos más inolvidables se comportaban como las hipnóticas ondas concéntricas que se dan en la superficie de un estanque cuando se arroja una piedra.

Bajo este novedoso prisma, la recurrencia de sucesos fantásticos o catastróficos, motivantes o aterrorizantes, pasajeros o permanentes, se podían inferir con un cierto grado de exactitud sólo si se respetaban dos principios básicos:

Primero que nada, el suceso tenía que ser de un ámbito global y no personal, ya que las decisiones diarias de cada ser humano, vistas por separado, volverían casi imposible una preconcepción de resultados de forma global.

En segundo lugar, para poder “anticipar” algún suceso dado, se deberían de considerar exactamente las mismas variables que habían existido en el momento del acontecimiento, mismas que el investigador había dilucidado con un fervor casi mántrico.

El hombre de ciencia se percató inmediatamente que resultaba más que evidente la labor titánica que requeriría el obtener las condiciones exactas que habían imperado en un momento dado, para que después de lograr una extrapolación por demás compleja y exacerbante, se lograra inferir la próxima recurrencia de un fenómeno natural devastador, o de alguna innovación tecnológica sin igual.

Más adelante, el autor menciona que como todo personaje rodeado de un cierto hálito de entresijo y misterio, el científico había decidido terminar su vida en un arrebato por demás poco ortodoxo.

Nuestro apreciado escritor, aparentemente dispuesto a facilitar una vieja copia del texto original, termina la referencia a este casi mítico personaje diciendo que lo último que se encontró anotado en la bitácora del investigador fue una frase que decía lo siguiente:

“Cuando una persona piensa recurrentemente en alguién más, sucede que algunas veces, esa persona en la cual estaban pensando, reacciona ante esta especie de invocación y piensa de regreso en aquella que primero la pensó; lo mismo se aplica para ciertas recurrencias de canciones, lugares y hechos. Es por demás obvio, aunque sin estar dentro del ciclo no se puede ver, que existe una relación estrecha entre aquello que queremos que pase y aquello que verdaderamente, bajo esta ley de recurrencia, hemos llegado a desear...” “…Es por ello que aquellas personas que desean sacarse la lotería, encontrar el amor verdadero, o simplemente verse al espejo como ellos creen que se podrían ver, no llegan a ver estos resultados. Su ego es el encargado de esos deseos, pero no así una mente educada y tranquila. El fatalismo, creado por muchas personas, termina en hechos fatales; el descubrimiento de algo importante, cuando es buscado por muchos en cuerpo y mente, termina por ver la luz…” “…Dadas las condiciones necesarias, eventualmente volveremos a ver terribles plagas o terremotos inauditos, pero también asombrosos descubrimientos; esto no sólo obedecerá a ciclos naturales y recurrentes que trabajen por si mismos, sino a ciclos de pensamiento, que llevados hasta un extremo, propiciarán simultáneamente en conjunto y en contraposición con el principio de entropía que existe en todo el universo, los sucesos arriba mencionados…”

Poco tiempo después, nos cuenta el autor, el hombre de ciencia anónimo decidió quitarse la vida y llevarse con él, a la calma del lecho sepulcral, este secreto de su ley de la recurrencia, misma que al parecer, obedece no sólo al macro-cosmos en el exterior, sino también al micro-cosmos que todos, por el simple hecho de estar vivos, llevamos dentro de nosotros.

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